Pobres, pero austeros

Abstinencia, abstinencia y más abstinencia. Este ha sido, al menos hasta el momento, el plato único servido a los países de la zona euro para obligarlos a adelgazar sus abultados índices de déficit. Cocinada a fuego lento en los fogones de la disciplina germana, la receta de la austeridad está dejando en los huesos a los comensales de la Europa meridional, ayer subvencionada, hoy estrictamente tutelada. La Eurozona es en estos momentos un organismo macilento cuyos síntomas de desnutrición, en forma de recesión, amenazan la precaria salud económica de todo el planeta.

Hambre para hoy, hambre para mañana. Lo advierten algunos dirigentes europeos y también el Fondo Monetario Internacional (FMI) en su último informe, presagio de las devastadoras consecuencias que esta radical cura de adelgazamiento tendrá para el Viejo Continente, con el consiguiente efecto contagio en la otra orilla del Atlántico y en los países emergentes. Los recortes del gasto público y las subidas de impuestos y tasas acarrean una reducción de la renta disponible que, unida a la desorbitada tasa de paro (especialmente alarmante en España) y a la incertidumbre laboral de quienes aún tienen empleo, acarrea un menor consumo. Menos consumo, menos actividad económica, menos ingresos tributarios, más déficit público. Se cierra el círculo diabólico.

En una economía globalizada, el hundimiento de una Europa en recesión anticipa una recaída mundial. O Angela Merkel se aviene a compatibilizar las políticas de consolidación fiscal con los estímulos al crecimiento, o España y el conjunto de Europa estamos condenados a un largo periodo de precariedad. Seremos cada vez más pobres aunque, eso sí, a austeros no nos ganará nadie.