Comerciar con mafiosos

La denominada Guerra Fría, allá por los años 50, 60 y 70 del siglo pasado, tenía muchos inconvenientes. En primer lugar para quienes cayeron del lado de las dictaduras comunistas y vieron sacrificada su libertad en aras de los equilibrios geoestratégicos. En segundo lugar, el mundo vivió en una espiral armamentística que costó miles de millones de dólares y de rublos y que ha dejado un arsenal bajo los pies que cualquier día nos puede hacer saltar por los aires. Finalmente, la Guerra Fría condenó durante décadas al sur del planeta a no ser otra cosa que el campo de batalla de las dos superpotencias. Pero también tenía algunas ventajas. Por ejemplo, la entrada de un país en el club del libre comercio internacional y de la subsiguiente eliminación de los aranceles se condicionaba al cumplimiento de unos mínimos democráticos y de protección de los derechos de los trabajadores. Empezó a romperse con el famoso viaje de Nixon a China y acabó por los aires con la aceptación de la Rusia de Putin en todos los clubs internacionales que se culmina ahora con su incorporación a la OMC (Organización Mundial de Comercio).
Como denunció Joseph E.Stiglitz en su magnífico libro El malestar de la globalización, la hipocresía occidental con China y con Rusia está en la base de la carcoma política y moral que ha acabado por sumirnos en esta crisis. El libre comercio es bueno para los países menos favorecidos porque les libra del proteccionismo de los ricos pero cuando se permite competir a la mafia en los negocios, solo hay dos alternativas para los legales: o dejan de ser negocio o pasan a ser mafiosos. Es casi imposible mantener el estado del bienestar si las empresas y los trabajadores que lo han de sufragar compiten en salarios y en precios con países donde ni existe el estado de derecho ni se espera cualquier forma de protección social. Con esa Rusia y con esa China no deberíamos firmar acuerdos de libre comercio poruqe estamos sacrificando nuestra dignidad y la de sus trabajadores.