La Europa raquítica

Electoralismo. Miedo a perder las elecciones. Esta es una de las explicaciones recurrentes ante la falta de decisión de Angela Merkel o de Nicolas Sarkozy para atajar la sangría de la deuda soberana, antes dejando pudrir la crisis griega y después anunciando medidas que se convierten en humo al menor golpe de viento. Es una explicación, pero no es la explicación.

Detrás del posible electoralismo, se esconde el problema de fondo, que no es otro que la raquítica concepción de Europa que tienen los actuales dirigentes del eje franco-alemán. Sarkozy nunca ha sido un europeísta a la manera en que lo fueron François Mitterrand o incluso Valéry Giscard d’Estaing, ni Angela Merkel emula en nada a su padre político, Helmut Kohl, ni se parece lo más mínimo al otro Helmut, el canciller socialdemócrata Schmidt, que, a sus 92 años, no deja de poner a caldo la política de la hija del pastor luterano crecida en la Alemania del Este.

Sarkozy solo cree en la Europa intergubernamental, es decir, en una Europa suma de los gobiernos de los estados que la integran, y desprecia las instituciones comunes, como la Comisión Europea o el Parlamento Europeo. La propuesta de que el Consejo Europeo, integrado por los jefes de Estado o de Gobierno, se reúna cada mes va en este sentido. ¿Si los jefes de Gobierno necesitan reunirse tanto, para qué sirve la Comisión Europea?  

Merkel es más europeísta, en el sentido de que apuesta por una Europa federal a la manera alemana, pero la cancillera se olvida de un componente esencial del federalismo, la solidaridad entre los estados federados, una solidaridad en la que los más poderosos, Alemania en este caso, deben contribuir al desarrollo y a la convergencia de los más débiles.

Esta falta de compromiso europeísta está agravando la crisis, aunque bien es verdad que no es reciente. Hace años que la mayoría de los dirigentes piensan solo en qué hay de lo mío y se olvidan de sumar, propugnan una renacionalización de las políticas comunitarias y algunos miran más al otro lado del Atlántico que a Bruselas, corazón de Europa.

Desde el 2004, cuando se produjo la ampliación al Este, la unidad europea, curiosamente, no ha hecho más que retroceder. La ampliación era un deber moral con los países sometidos a la URSS, pero la entrada de los países del Este no significó más Europa, sino menos. Algunos de los nuevos socios, como Polonia, la República Checa, Hungría o Eslovaquia, han actuado como freno a cualquier iniciativa europeísta. Preferían, en realidad, estar en la OTAN que en la UE, y eso pese a las ayudas que no han dejado de recibir. Con ellos, ha aumentado el número de miembros que, a semejanza del Reino Unido, están en la UE solo para recibir y nunca para dar. Solo para molestar y nunca para construir.