1.450 millones, en el aire

Si antes –hace muy poco– era una obligación inexcusable del Gobierno de JoséLuis Rodríguez Zapatero pagar a la Generalitat el anticipo de 1.450 millones correspondiente al fondo de competitividad y ahora ha dejado de serlo para el Gobierno que encabezará Mariano Rajoy, se colige que las obligaciones dependen de la posición que cada partido ocupa en el terreno de juego. Si se está en la oposición, hay que exigir al adversario que cumpla la ley –eso dijo Rajoy en su día–; si se llega al Gobierno, entonces el anticipo no se paga “ni de broma” (Jorge Fernández Díaz dixit).

            ¿Obligaba la ley a pagar al Gobierno que se marcha y, si es así, sigue en pie la obligación para el que llega? ¿En realidad, no había ni hay tal obligación, pero en el fragor del pim, pam, pum final de la legislatura todo valía para desgastar a Rodríguez Zapatero? Nadie parece saberlo. Seguramente, todo es según el color del cristal con que se mira. Lo único cierto es que si antes había fondos para pagar, ahora los debe de haber, y si hace unos meses no los había, no tenía sentido exigir al Gobierno que pagara.

            Como, por lo demás, los portavoces del PP siguen sin soltar prenda en cuanto atañe a las medidas económicas que piensan aprobar de inmediato, a causa, dicen, de que aún no saben a ciencia cierta cuál es la situación real, resulta aún más sorprendente que el Gobierno que se fragua tenga decidido de antemano dejar el pago de los 1.450 millones para el 2013. Por decirlo de otra forma: no está dispuesto a pagar antes del 2013 aunque haya dinero en caja.

            Vamos a ver cómo casa todo esto con el papel del PPC de muleta para todo del Gobierno de la Generalitat. Vamos a ver si se siguen dando los buenos días o si saltan chispas. Es de suponer que encontrarán, a un lado y otro de esta pareja de hecho, alguna compleja y enmarañada línea argumental para evitar que los 1.450 millones sean uno de esos casus belli que llenan una semana de Telenotícies. Que el episodio alimente el escipticismo del ciudadano-elector a la vista de la volatilidad de las convicciones de algunos partidos y políticos, también es más que posible.