Desahuciados y desquiciados

El suicidio es la expresión individual de un fracaso colectivo. Si el entorno de una persona no puede, no quiere o no sabe ampararle, cualquier individuo queda aislado frente a sus problemas, dificultades y cavilaciones. Y desde esa soledad es capaz de perder lo más preciado, la vida, antes de ser devorado. El suicidio de un hombre en Granada minutos antes de recibir la orden de desahucio es la expresión de un país desquiciado, al que hace tiempo le fallan muchos engarces entre las personas y la sociedad. Lo fácil es echar la culpa al banco que le embargaba. Es la condición necesaria, pero no suficiente. Los bancos son responsables: de haber empujado a la gente a tomar créditos excesivos, de no haber creado un fondo de contingencia cuando estalló la crisis inmobiliaria y de no haber escuchado hace unos meses al Fondo Monetario Internacional cuando proponía una quita global en el mercado hipotecario español. Los gobiernos son responsables: de no haber frenado la burbuja inmobiliaria, de no haber controlado a los bancos, de no ahorrar en tiempos de bonanza para ofrecer flotadores a los náufragos en tiempo de tormentas como la actual o de mantener leyes injustas como denuncian algunos jueces.
Pero no solo ellos han perdido el quicio. Sin ánimo de exculpar a nadie, es el momento de replantearnos los valores individuales y colectivos. Y no se trata de moralinas trasnochadas. Los valores son las prioridades que aceptamos no solo los ideales de algunos. Los valores ponen orden a lo que hacemos, para que lo hacemos y con quien lo hacemos. Y lo que no hacemos, para que no estamos dispuestos a hacerlo y con quien no lo hacemos. Las responsabilidades no son las mismas y bancos y gobiernos tiene algunas que no tenemos los demás. Pero todos aplicamos valores en nuestras responsabilidades, más grandes o más pequeñas, y el quicio lo hemos perdido todos un poco, no ahora sino en los tiempos de bonanza. Cuando vuelvan, deberíamos no olvidarlo y explicarlo a las nuevas generaciones.