El caso ICV-EUIA

Los amantes de la pureza política miran con sorpresa estos días en Catalunya como los herederos del PSUC (ICV y EUIA) se mueven como pez en el agua en la nueva agenda política. De la capacidad oratoria y argumentativa de Joan Herrera no dudaba nadie de los que le conocían. Lo que llama la atención es la manera como se maneja en la nueva agenda soberanista sin perder su identidad y superando la aparente contradicción entre la carpeta de la autodeterminación y la de la crisis económica y social. Solo un detalle, si alguien compara el trato que daba Mas a Herrera al inicio de esta minilegislatura y el que le ha dado esta semana observará que se ha ganado su respeto y que el líder de la izquierda transformadora ha crecido en el dominio de los asuntos y ha pasado de un retrato del país hecho con brocha gorda a dominar los detalles de la administración catalana. Ciertamente, la magnitud y profundidad de la crisis da alas en toda Europa a quienes se sitúan a la izquierda de la socialdemocracia pero en el fondo este éxito también demuestra una gran capacidad de conexión entre esta formación y el espacio social al que aspira representar. Ello es evidente en el caso de la autodeterminación, donde sin hacer jamás bandera del asunto se ha desplazado al ritmo del conjunto de la sociedad. Sus expectativas ante el brusco adelanto electoral son positivas.
ICV-EUiA brillan todavía más cuándo se les compara con sus antiguos socios de gobierno. De entrada porque son los únicos miembros del tripartito que nunca han renegado de él. Cierto es que también fueron los únicos que mejoraron resultados en el tránsito por la plaza de Sant Jaume y también que son responsables -aunque menos escandalosos que otros- de algunas sonadas deslealtades. Pero lo paradójico es que aquello que en el PSC se antoja como imposible por contradictorio, a su izquierda es la clave del éxito. Uno de los grandes mitos fundacionales del PSC es una hipótesis refutada en el espacio político postcomunista: siempre que Izquierda Unida ha querido crear una formación propia en Catalunya ha fracasado estrepitosamente. De manera que no están en absoluto reñidas intrínsecamente la opción nacional clara y la opción por ocupar la hegemonía en una parcela de la izquierda. Está por explicar, pues, por qué razón ICV o EUIA no pierden cancha cuando van a la manifestación de la Diada y para los socialistas sería un cisma irreconciliable. Algo semejante pasa respecto a ERC. Los republicanos se han zampado a sus dos últimos presidentes con el argumento de que eran demasiado de izquierdas y que habían traicionado por ello el mandato independentista. A su izquierda, ICV demuestra a las claras que la manera más eficaz de evitar que CiU tape con el soberanismo el impacto de sus políticas es no disputarle la bandera. De manera que se puede apoyar los pasos soberanistas del centro derecha sin morir en el intento y sin avalar el conjunto de su política ni perdonarle el caso Palau.