El Rey y Carrillo

El azar ha hecho que el Rey y Santiago Carrillo vuelvan a compartir la portada del diario como en los días más trepidantes de la transición española. Menuda pareja. Se asociaron para blanquear el pasado que les enfrentaba irremediablemente a fuerza de asegurarse mutuamente un lugar destacado en el futuro común. Ellos dos, Suárez, Felipe, Pujol e incluso Fraga fueron piezas decisivas para construir el puzzle de una democracia labrada con los fragmentos resultantes de una guerra civil fraticida. Bien está lo que bien acaba sentenció el sabio Shakespeare. Carrillo arriesgó el capital acumulado en la larga noche de la oposición antifranquista y logró para su partido un papel de secundario de lujo en la política democrática. No hicieron la revolución pero ese sueño ya se había convertido en pesadilla en los últimos días de la Segunda República.
El Rey apela ante el malestar catalán a recuperar las componendas de la transición. Resultaron útiles en tanto que han proporcionado el período más largo e intenso de democracia y bienestar en la península ibérica. Pero tan cierto como esto es que las componendas dejaron heridas sin curar que han reverdecido cargadas de pus. La desfachatez del entorno político de Aznar, por ejemplo, y la descabellada teoría de que la Guerra Civil empezó en 1934. O el menosprecio de la misma derecha ante la apertura de las fosas. La transición fue muy compleja, tanto como lo pueden parecer hoy la creación de un Estado federal o de un Estado catalán o vasco, y se saldó con pactos que consiguieron que algunos problemas dejaran de serlo y con componendas que simplemente los ocultaron.