¿Es un estado nación?

Ocurrencias al margen, como la del estatus de Puerto Rico, lo cierto es que el president Mas no parece tener en la cabeza que el proceso de autodeterminación que pretende impulsar acabe con la propuesta de crear un estado-nación como los del siglo XIX. Ello puede decepcionar al núcleo duro de los que le apoyan procedentes de una tradición tan antigua como minoritaria que ha defendido esta posibilidad en virtud del indiscutido derecho internacional que otorga a las naciones la prerrogativa de constituirse en estados únicos y unitarios. El mundo de hoy está repleto de estados que albergan a más de una nación y de naciones que anidan en múltiples estados. Sería, pues, una idea antigua pero que le puede hacer perder a Mas algunos apoyos en plena campaña electoral si no es su propuesta. Pero si se trata de un alternativa, también se pueden desarbolar algunos de sus opositores. Las voces que le critican han tomado hasta el momento el discurso clásico de la Lliga: Catalunya no se lo puede permitir porque se desbarataría su economía al perder el mercado español. Ciertamente, si lo que pretende Mas implica la salida de la UE, estos temores están fundamentados. En caso contrario, cabe decir que quien protege hoy el clásico “arancel” del Gremi de Cotoners no está en Madrid sino en Bruselas. El debate, pues, podría no estar basado ni en las identidades ni en los aranceles aunque algunos insistan en ello.
Escuchando al profesor Carles Boix, y me temo que en la plaza de Sant Jaume lo escuchan bastante, podría ser que Mas tenga en la cabeza proponer una especie de nuevo estado nuevo. Es decir, una organización política que deje en manos de la UE aquellas competencias a las que deberían renunciar los estados nación que ya no acuñan moneda y se reserve aquellas competencias que, de acuerdo con el principio de subsidiariedad, deberían gestionarse desde los actuales entes infraestatales. Si es puro tacticismo, le puede permitir ganar las elecciones pero no gobernar. Si detrás hay una estrategia le puede servir para descolocar a algunos de los propios y, sobretodo, a muchos de los adversarios.
El debate sobre la autodeterminación en Catalunya ha venido para quedarse una larga temporada, me temo, porque concentra viejos problemas con urgencias recientes. Los argumentos exprés basados en pintar la independencia como la arcadia del socialismo utópico serán tan poco eficaces como los miedos y las amenazas, porque la gente tiene tanta incertidumbre encima que es bastante refractaria a ellos. Los bancos catalanes y españoles, por ejemplo, han perdido 200.000 millones de euros en depósitos sin que ningún empresario lo anunciara y sin que ningún banquero le leyera la cartilla a Rajoy en una cena privada porque se había retrasado con los presupuestos con el mismo electoralismo con que Mas ha planteado estas elecciones.
Este debate necesita nuevos argumentos porque plantea nuevos retos. Por ejemplo, nadie habla de si Catalunya produce y producirá en las próximas décadas suficiente riqueza para asegurarse el Estado del bienestar si llega el caso. Ni tampoco nadie se pregunta si la clase media saldría beneficiada o perjudicada si la renta media para pagar impuestos y acceder a los servicios públicos se calculase solo entre Pedralbes y Santa Coloma en lugar de hacerlo entre Madrid y Almendralejo. Se habla del coste de la secesión, pero nadie plantea el coste del tiempo que tarde la construcción de una España federal en la que se solventasen problemas que cuentan con amplísimo consenso en Catalunya como son la mejor financiación o el cambio en la política de infraestructuras. Mas lleva mano y el resto reacciona a la antigua.