Judt en la pineda de Gavà

Una ola de infantilismo recorre el debate posterior a la manifestación independentista de la Diada. La Brunete madrileña no ha entendido nada y busca en lo económico argumentos contra la independencia tras declararla inconstitucional. Mientras en Catalunya, la voces más estridentes dibujan un estado propio naif donde no habría pobres ni villanos. Un estado que se conseguiría presuntamente de la noche a la mañana, sin sufrimiento ni apenas inconvenientes. Nadie sabe exactamente la pulsión de esa impresionante protesta de la clase mediDa catalana. Pero esa gente merece algo más de respeto, de un lado y del otro. Hay algo de dignidad y de rechazo a la componenda política en ese estallido callejero protagonizado por la gente de orden. Esa eclosión tiene muchas raíces en la reciente historia de las relaciones entre Catalunya y Espanya pero tiene también que ver con el momento general europeo, con la desafección política y con la presión contra la clase media. Aquello que en otros lares se pierde en el descampado de la protesta aquí se condensa en el impulso independentista.
En este magma hay sufrimiento para todos. Rajoy, aunque la prensa no se lo recuerde, tiene un problema porque a un estado con un 25% de paro, la posibilidad de que se le marche el 20% del PIB es todo un reto en el examen de los mercados. También lo tiene Mas, y mucho más gordo que decidir que día vuelve a ganar las elecciones. Y lo tiene el PSC porque cuánto más repite lo que es, federalista, más le recuerdan lo que no es, independentista. Este domingo les vino Rubalcaba a recordar que han de seguir siendo lo que son. Pero esa es una paz de los cementéreos. La alternatva para el PSC no es el independentismo pero tampoco lo es regalar a CiU la bandera a de la Diada como ya le regalaron la del Estatut para que la administren a su gusto y manera. Podrían releer a Tony Judt, el pensador más lúcido de la socialdemocracia en la última década. “El cosmopolitismo apátrida puede funcionar para los intelectuales, pero la mayoría de las personas viven en un lugar definido: por el espacio, el tiempo, por el lenguaje, quizá por la religión, …”. Y añade: “Poner el acento en los derechos individuales -como ha hecho la izquierda desde el mayo del 68- tiene un precio: el declive de los propósitos compartidos”.