Uno de los momentos originales de la entrevista de Xavier Bosch a Artur Mas en TV-3 la noche del lunes fue cuando el ‘president’, en un nuevo intento de quitarle dramatismo al proceso soberanista en el que se ha embarcado, lo comparó con un acontecimiento familiar de lo más cotidiano. Mas equiparó la hipotética marcha de Catalunya de España con el reciente abandono del hogar paterno por parte de su hija. El ‘president’ contó a los telespectadores que PatrÃcia, que asà se llama su primogénita, se habÃa ido a vivir hacÃa un año “amb el seu promés”. Puede estar tranquila Soraya Sáenz de SantamarÃa y demás gente de bien de las Españas. Una persona que es capaz de emplear la palabra “prometido” –propia de tiempos en que los pretendientes acudÃan a casa de los futuros suegros a pasar el examen de la petición de mano como paso previo al altar– para explicar que su hija se ha ido simple y llanamente a vivir con su chico es, ante todo, un hombre de orden.
Mas se quiere ir de casa, pero no le gustarÃa hacerlo de cualquier manera. Al lÃder de CiU le gustarÃa que sus mayores entendieran que después de 300 años, Catalunya se ha hecho adulta y quiere irse a vivir por su cuenta, pero eso sÃ, cerca de casa, para poder regresar los domingos “a menjar els canelons de la sogra”, en feliz expresión empleada por el entrevistador de Mas.
Si alguien al otro lado del Ebro estuvo escuchando la entrevista, deberÃa entender el mensaje subliminal de Mas. Tal vez en lugar de montarle una bronca descomunal con toda la familia reunida en torno al padre –léase la conferencia de presidentes de este martes, por ejemplo– habrÃa que buscar soluciones imaginativas, que permitieran reinventar la relación familiar. Tal vez pueda arreglarse el piso y revisar la asignación mensual, abolir la obligación de comer todos a la misma hora y en la misma mesa, y dejar de vigilar a qué hora sale o entra la niña, ni siquiera con quién lo hace. HabrÃa que hacer obras, obviamente. Obras que se hacen con arquitectos y albañiles, y hablando de tú a tú. No con amenazas y guardias civiles, seguro.
Alguien deberÃa echar cuentas y calcular que vale más abordar una profunda reforma de espacios fÃsicos y mentales que esperar al portazo definitivo. Ese cruz y raya que todos los padres saben que se acaba produciendo cuando se empeñan en que las cosas son inmutables y que la única autoridad que cuenta es la suya. ¿SerÃa una solucion para toda la vida? Quién sabe, lo más probable es que no. Ya nos advirtió Azaña en el debate del Estatut de 1932 que eso no debÃa preocuparnos en exceso. En la historia, decÃa el lÃder republicano, nada es para siempre, y por lo tanto, tampoco es un concepto válido en polÃtica. Ni siquiera deberÃa ser inmutable la Constitución de 1978. Un año, por cierto, en que PatrÃcia, la hija de Artur Mas, ni siquiera habÃa nacido.









