El escritor griego Petros Markáris compara en su penúltimo libro, Con el agua al cuello, el efecto devastador del consumo de sustancias dopantes en los atletas con los que ha causado la sobredosis de dinero fácil en la salud financiera de millones de personas en Europa y EEUU, con el efecto secundario de arrastrar al sistema a la peor crisis económica desde la Gran Depresión de 1929.
Markáris, que engarza sus relatos de novela negra con la realidad social griega, como su maestro Manuel Vázquez Montalbán, no es especialmente compasivo a la hora de adjudicar parte de responsabilidad del desastre a sus conciudadanos, pero pone énfasis en que, al menos ellos, como el atleta dopado, ya está expiando –¡y de qué manera!— la parte del pecado que les corresponde. Algo muy distinto a la suerte que corren, en Grecia y mil rincones más del planeta, los laboratorios que facilitaron la sustancia dopante (la banca que concedió el crédito a mansalva) y los árbitros (políticos de todos los colores) que miraron para otro lado y sacaron redito electoral de unas marcas adulteradas de crecimiento.
Desengañémonos, limpiar el organismo de sustancias dopantes y acostrumbrar al tejido productivo a crecer sin anabolizantes, nos llevará una década larga. Pero lo más preocupante no está en cuánto vamos a tardar en salir de la postración sino en qué condiciones vamos a hacerlo. Y España es de los países con peores papeletas. Acostumbrados a crecer en esta larga década (1994-2007) dopados por ese crédito que nos creó la ilusión de ser los más fuertes y rápidos del mundo, capaces de ganar en mil medallas –“Hemos atrapado a Italia y ahora vamos a por Francia”, ¿se acuerdan?–, nos olvidamos de hacer los deberes. No en vano España era en el 2008 el segundo país del mundo en captación de capitales –¡en términos absolutos!– solo superada por EEUU, como recuerda el economista Juan Tugores. Sobre esa orgía de crédito (de sustancias dopantes) ni siquiera supimos aprovechar la coyuntura para modernizar nuestro sistema productivo. El catedrático Jordi Maluquer afirma que nuestra productividad se deterioró en esos años en relación a Europa y que solo ahora, con 5,2 millones de parados, hemos recuperado los niveles de 1996 “¡Gracias a que no trabaja nadie!”.
No lo tenemos fácil tampoco porque a escala mundial nadie parece muy interesado en revisar las reglas del juego. Los unos, los países emergentes, porque ahora es su turno y están creciendo lo que nosotros en su momento. Que lo hagan mejor o peor, ya es otro cantar. Y los otros, los de siempre, las grandes finanzas y corporaciones que influyen –y de qué manera– en la voluntad de los gobiernos democráticos, porque las cosas no les van nada mal después del susto inicial y de la quiebra de Lehman Brothers en el 2008.
Malos augurios, por lo tanto, sobre cómo saldremos de esta. Tampoco nuestros hermanos nórdicos de la UE, con Merkel al frente, van a dejarse enternecer por nuestras súplicas y por meros propósitos de enmienda. Es una deuda que debemos pagar con todas sus consecuencias, como nos insite con más razón que un santo nuestro Josep Oliver. El problema es si quienes ya diseñan nuestro futuro quieren aprovechar el pago de esa deuda, no para que nos rehabilitemos, sino para desahuciarnos. Si quieren liquidar eso que llamamos Estado del bienestar. Ese concepto que los profetas de la austeridad se obstinan ahora en asimilarlo al de derroche. Esa es la trampa.
El gran pacto social de redistribución de la riqueza no solo está basado en crear una sociedad de consumidores, sino también y de forma muy especial, en una distribución equitativa de la carga impositiva para levantar un sistema que ha permitido que los ciudadanos, independientemente de su cuna, tengan acceso a la sanidad, la enseñanza y a unos servicios destinados no solo a garantizar unas cotas de bienestar, sino a ofrecer las oportunidades para que cualquiera, de acuerdo con sus capacidades, pueda prosperar gracias al ascensor social, clave del sistema.
Sobre esta base hemos transitado unas cuantas generaciones de europeos. Una sólida estructura que parecía ajena a las coyunturas por las que el sistema ha pasado desde principios de los años 70. Y esas son las bases que ahora están en cuestión. El desmantelamiento de servicios públicos, sin diferenciar lo básico de lo prescindible, la privatización de muchos de ellos, la desregulación financiera iniciada hace ya 40 años, o la liquidación de la negociación colectiva y los derechos laborales básicos. Todo un gran cambio de las reglas de juego que amenazan con devolvernos a tiempos muy pretéritos. Y, al fondo, last but not least, la madre de todas las batallas: el reparto de la riqueza.
Para muestra un botón. La pasada semana se conoció el detalle contable del PIB español del cuarto trimestre del 2011. Pues bien, por primera vez desde que hay estadísticas, las rentas empresariales superan a las salariales en el reparto del valor añadido que genera la economía española. Para entendernos, por primera vez, todos los asalariados juntos no ganan tanto (46%) como lo hacen las rentas empresariales (46,2%), obviamente en número mucho menor de individuos (el restante 7,8% corresponde a los impuestos) A principios de los 80, para hacernos una idea, la remuneración conjunta de los asalariados representaba el 53% del PIB, frente al 41% de la renta empresarial y de los autónomos. Una fotografía que puede ser un reflejo bastante fiel de cuál es el futuro que nos están escribiendo. No empezó ayer, ni mucho menos, pero hay bastantes que quieren rematarlo ahora. En definitiva, quieren que solo los atletas paguemos el precio del dopaje con el que nos destruyeron. Más tarde, si les sale bien, no hay que descartar que quieran volver al látigo para hacernos correr.









