Rajoy, superministro de Economía

La alineación del primer a Gobierno de Mariano Rajoy apenas ha deparado sorpresas. Los nombres de Soraya Sáenz de Santamaría, Luis de Guindos, Cristóbal Montoro, Alberto Ruiz Gallardón o Fátima Báñez circulaban desde hace semanas por los mentideros madrileños, pero nadie se atrevía a darlos por seguros porque las piezas no acababan de encajar. Faltaba un superministro de Economía, un vicepresidente todopoderoso que tomase las riendas de la lucha contra la crisis, el principal desafío del nuevo Ejecutivo. Sin ese uno fijo, nadie se atrevía a hacer quinielas.

La incógnita se desveló al fin el miércoles: el superministro de Economía será… el propio Rajoy. Para empezar, presidirá la comisión delegada de asuntos económicos, que es donde semanalmente se cocinan las políticas anticrisis y que, hasta ahora, siempre había sido dirigida por el titular de Economía. Además, el presidente ha optado por separar la gestión de las políticas destinadas al crecimiento económico (Economía y Competitivad, en manos de Luis de Guindos) y las del control del gasto (Hacienda y Administraciones Públicas, con Cristóbal Montoro al frente). En este frágil equilibrio entre austeridad sin medida e inversión responsable, el fiel de la balanza lo pondrá, como árbitro supremo, el jefe del Ejecutivo.

A todo ello hay que sumar el perfil business friendly que Rajoy otorga a la cartera de Exteriores, que confía a su íntimo amigo José Manuel García Margallo, y el nombramiento de otra estrecha colaboradora en el PP, Fátima Báñez, como titular de Empleo y Seguridad Social. Resta por conocer al identidad del nuevo jefe de la Oficina Económica de la Presidencia del Gobierno, que jugará un papel fundamental en esta nueva etapa.

Rajoy deja pues la coordinación del área política del Ejecutivo en manos de Sáenz de Santamaría, vicepresidenta, ministra de Presidencia y portavoz, reservándose personalmente el control directo del equipo económico. Un poco al estilo del italiano de Mario Monti, pero con una salvedad: en Italia la presión alemana impuso, en pleno terremoto de la deuda soberana, la conformación de un gobierno de transición de perfil tecnócrata y con el claro mandato de ejecutar las profundas reformas que Silvio Berlusconi se resistía a aplicar; en España, en cambio, el Ejecutivo del PP cuenta con la legitimidad cosechada en las urnas, se compone de políticos en vez de tecnócratas y acepta de buen grado adoptar las medidas que le exige Europa para salvar al euro.