Un mes después

Cuando su cumple un mes de la manifestación de la Diada y toca hacer balance de la actuación del Gobierno español  ante el ciclo político que se ha abierto, solo caben dos interpretaciones. O estamos ante un caso sin precedentes de traición al país y en favor de la causa del ‘enemigo’, en este caso la Catalunya secesionista, o nos encontramos ante un colectivo que hace gala de una manifiesta ineptitud.

Como el primer supuesto es imposible de concebir, habrá que inclinarse por lo segundo. No hay más explicación, porque es inimaginable peor línea de respuesta a lo que está ocurriendo en Catalunya si lo que de verdad se quiere es reconducir la situación. Rajoy, con su muestrario de lugares comunes; Sáenz de Santamaría con su recital jurídico de estudiante empollona, y los Morenés y García-Margallo pugnando con el imbatible Wert en disparates y despropósitos, no han hecho otra cosa que avivar el fuego del desafecto y el independentismo. Capítulo aparte merece Gallardón. Su discurso del pasado lunes en el Cercle d’Economia ante una buena representación de los empresarios catalanes ha sido, con diferencia, el más trabado. El más pensado, el que ha recurrido al cerebro y no a las vísceras. Sin embargo, el ministro de Justicia, que rema por su cuenta para tener sus opciones si un día no muy lejano Rajoy quedara amortizado por la crisis, tampoco fue capaz de ofrecer salidas que fueran más allá de la sempiterna lectura restrictiva de la Constitución.

Así las cosas, la pregunta es ¿Hay alguien pensando en algún plan alternativo que no sea la defensa numantina del ‘statu quo’? ¿No hay nadie que sepa entender mínimamente lo que está pasando? ¿Hay algún ‘Antonio Maura’ en este ‘Gobierno Sagasta’ que, como el entonces ministro de Ultramar (1893-1895) se diera cuenta de que la única forma de retener Cuba bajo soberanía española era cambiar de paradigma y concederle la autonomía? Maura se quedó solo, fue vilipendiado, la guerra colonial siguió desangrando a la métropoli, y enrocarse no bastó para que lo poco que quedaba del imperio se desmoronara en 1898. Dirán los inmovilistas que las referencias históricas no llevan a ninguna parte, que las situaciones no son comparables, que la España de hoy es una democracia… Lugares comunes, porque bien que recurren a la historia cuando les interesa. ¿Qué otra cosa es, si no, la enésima reclamación de la soberanía sobre Gibraltar en la Asamblea General de la ONU  –con la que está cayendo, como diría el propio Rajoy– para poner en cuestión el Tratado de Utrecht (1712-1713), coetáneo de todo eso tan molesto y ‘antiguo’ como es la toma de Barcelona al final de la guerra de Sucesión (1714) y los Decretos de Nueva Planta (1715)?

El Gobierno puede seguir esperando a que se cumpla la siguiente etapa del ciclo con las elecciones del 25-N. Puede confiar en que la mayoría silenciosa a la que ahora apela Rajoy enmiende la plana a los soberanistas y las urnas definan un panorama menos inquietante de lo previsto, con una relación de fuerzas que deje a Mas sin fuelle; o bien esperar, en el peor de los casos, que la ola soberanista desarbole también al ‘president’ y le deje sin mayoría absoluta y a merced de los más radicales, con menor capacidad de controlar los tiempos y mayor posibilidad de cometer errores que le deslegitimen ante el escrutinio internacional (el demencial ‘Bestiari il.lustrat’ del Canal 33 es solo una muestra de lo fácil que es patinar).

El Gobierno puede seguir parado y amenazante, confiando en el apoyo de una amplia mayoría de españoles –a los federalistas del PSOE ni están ni se les espera para arrimar el hombro– y en que nada se vaya a romper de forma irreversible. Al fin y al cabo si España ha sobrevivido siglos ‘conllevando’ el problema catalán, tampoco tiene por qué venirse todo abajo precisamente ahora. Si nos atenemos al cálculo de posibilidades, puede ser. Ahora bien, a quien en ello se ampare, no le vendría mal atender a la advertencia del ensayista Stefan Zweig: “Han de tanscurrir millones de horas inútiles antes de que se produzca un momento estelar de la humanidad. Lo que en general transcurre apaciblemente de modo sucesivo o sincrónico, se comprime en un único instante que todo lo determina y todo lo decide. Un único ‘sí’, un único ‘no’, un ‘demasiado pronto’ o un ‘demasiado terde’ hacen que ese momento sea irrevocable para cientos de generaciones, determinando la vida de un solo individuo, la de un pueblo entero e incluso el destino de la humanidad”.

Lo que nos ocupa no es comparable al olvido de una pequeña puerta abierta que posibilitó la toma de Constantinopla por el ejército otomano; al error de mariscal Grounchy que provocó la derrota de Napoleón en Waterloo y redefinió el mapa de Europa; a la huida del proscrito Núñez de Balboa que se dio de bruces con el  Pacífico a mayor gloria de España, o a la llegada de Lenin en un tren sellado alemán a la estación Finlandia de San Petersburgo en plena guerra mundial para hundir el imperio ruso, episodios todos ellos descritos espléndidamente por Zweig en su obra ‘Momentos estelares de la humanidad’. Pero para quienes estamos hoy aquí, herederos de quienes han convivido mal que bien durante siglos en este pequeño rincón del planeta, todo lo que ahora nos pasa es nuestro particular momento estelear. Y nos gustaría acertar con la solución y no jugárnoslo todo al azar de la indolencia.