Un nuevo relato para el PSC

Las elecciones han pillado a contrapié a la nueva dirección del PSC. Ni han tenido tiempo para las primarias -el resultado no hubiera sido otro- ni han conseguido reorientar su discurso tras la pérdida de una parte más que substancial de su poder institucional. El equipo de Navarro se mueve en un doble eje de coordenadas trazado sobre cuatro puntos cardinales: los que sostienen que todos los males les vienen de los dos tripartitos y del exceso de cesiones de Montilla ante los catalanistas; los que argumentan que las desgracias provienen de que la centralidad política se ha desplazado hacia el soberanismo y han quedado escorados; los alcaldes que no quieren ruido para no perder el poder que les queda; y, finalmente, los recelos de Rubalcaba y los suyos por la apuesta del PSC con Chacón. Con esos mimbres y en circunstancias adversas, Navarro hará unas listas -donde podría haber alguna incorporación de la sociedad civil- y un programa en el que, junto a la recuperación de la identidad socialdemócrata (crecimiento más bienestar), habrá componente nacional que podría incluir una propuesta de reforma constitucional a presentar en Parlament el 26 de noviembre. Tejer este nuevo relato necesita un tiempo que no tienen, pero la principal preocupación es no perder más hilos ni caer en el síndrome de Penélope y tener que destejer en Madrid lo que se teje en Barcelona. La controversia actual no es la que aparece en los periódicos entre los catalanistas y el aparato, sino que hay una pugna cada vez más explícita entre dos generaciones: los que ya no piensan en un PSC con dos almas pero tampoco en España como único sujeto político y los que no quieren ser el “partido de Vicente” que va dónde va la gente. De esa tensión, consideran muchos, ha de surgir un nuevo relato socialista que conecte con una amplia mayoría social sin caer constantemente en la semántica, en los debates y en las tácticas de sus adversarios. Llevará tiempo en una época de hiperaceleración política. El adelanto electoral solo tiene una ventaja: la misma mayoría que gobierna el partido y el grupo en Madrid copará los escaños del Parlament. La coherencia es lo único asegurado. El riesgo está en el exceso de uniformidad.
Lo que resulta curioso es que los partidos que desde el catalanismo han evolucionado hacia este nuevo soberanismo, y que han necesitado un tiempo para hacerlo, le den al PSC todo tipo de consejos pero no le concedan tiempo. Los atajos en el Congreso para dejar en evidencia a los socialistas pueden dar un puñado de votos pero no ayudan a preservar la cohesión social en un momento en el que resulta crucial. Para el PSC sería relativamente fácil seguir el camino de CiU en los años 80 cuando pactó con las elites post franquistas para convertirse en muro de contención de los comunistas a cambio de renunciar a cualquier aventura soberanista. Ahora hay quien ofrece al PSC cobertura mediática, económica e institucional para parar a los soberanistas a cambio de renunciar a su programa social. Quienes les ahoguen hasta empujarlos a ese escenario, luego no tendrán ninguna vía para incorporar a una parte sustancial del país a la dinámica general, sea autonomista, federalista o independentista. Pero el PSC haría bien en desoir ese mal consejo de Jáuregui que propuso en el Congreso representar a la gente sin escucharla.