Desde que el Onze de Setembre alteró la agenda polÃtica catalana, los independentistas han recriminado a los partidarios de encontrar una solución federal para el encaje de Catalunya en España el haberse quedado de brazos cruzados durante el largo periodo en que se fue incubando el malestar que ahora amenza con ruptura.
¿Dónde estaban todos los firmantes de manifiestos federalistas cuando el PP recogÃa firmas por España en contra del Estatut, o cuando el Constitucional laminó el texto sometido a referendo de los catalanes?, se preguntan los partidarios de dar por fracasada toda posibilidad de recomponer las bases de convivencia.
Lo cierto es que durante mucho tiempo el silencio de la sociedad civil española ha sido clamoroso, por no hablar de cómo el PSOE ha pasado de puntillas sobre la cuestión. Sin ir más lejos, en la Festa de la Rosa del pasado septiembre, que organiza anualmente el PSC, Rubalcaba se resistió como gato panza arriba a pronunciar en su discurso la palabra federalismo, rescatada por Pere Navarro del baúl de los recuerdos, y aún hoy es la hora de que el lÃder del PSOE deje de escudarse en su florido verbo para aclarar si comparte la tesis de los socialistas catalanes de que Catalunya tiene derecho a decidir, ni que sea previa reforma de la Constitución.
Pues bien, después de que hayamos conocido el borrador de la reforma de la enseñanza que promueve el ministro Wert, que pone en cuestión el modelo educativo catalán, desarrollado sin conflicto alguno en los últimos 30 años, a los federalistas del resto de España se les presenta una oportunidad de oro para demostrar ante sus detractores independentistas y ante la mayorÃa de los catalanes que la solidaridad va más allá de estampar la firma al pie de un manifiesto de impecable redacción.
José Ignacio Wert, Mariano Rajoy y el partido que respalda su mayorÃa absoluta en las Cortes tienen que darse cuenta de que su proyecto es una agresión a un modelo que defiende sin fisuras la comunidad educativa y una amplÃsima mayoria de la sociedad catalana, reflejada nada menos que en 107 de los 135 diputados del Parlament, pero que, además, supone un torpedo en toda regla contra la existencia de la España plural, la única España posible en democracia.
Tan alto como la voz de la mayorÃa de Catalunya, deberÃa escucharse ahora también de forma nÃtida la de los ciudadanos del resto de España que creen en un modelo de Estado en el que la cultura catalana y su lengua propia tengan la consideración que les corresponde y dejen de ser tratadas como un factor de inestabilidad y subversión. Es una oportunidad única para pasar de las buenas palabras a los hechos.









