La Monarquía española, tradicionalmente a salvo de la disputa política, atraviesa sus peores momentos. El ‘caso Urdangarín‘ ha empañado, y de qué manera, la buena imagen de la Corona, que mediante gestos de transparencia y de reducción de gastos ha tratado de capear el temporal. Pero, en tiempos tan adversos como los que vivimos, los gestos y los discursos se desvanecen; lo que queda son los hechos. Y la polémica desencadenada por la cacería de elefantes en Botsuana protagonizada por el Jefe de Estado, desvelada a raíz de la lesión de cadera que le obligó a regresar con urgencia a España para someterse a una intervención quirúrgica, ha hecho un flaco favor a la credibilidad de la institución monárquica y de su máximo representante.
“Sé, sabemos todos, que el camino de la recuperación no será corto ni tampoco fácil, que exigirá sacrificios (…) Necesitamos rigor, seriedad y ejemplaridad en todos los sentidos. Todos, sobre todo las personas con responsabilidades públicas, tenemos el deber de observar un comportamiento adecuado, un comportamiento ejemplar”, advirtió el Monarca el pasado 24 de diciembre en su tradicional mensaje navideño. Tres días más tarde, en la apertura solemne de las Cortes de esta 10ª legislatura, conminó con estas palabras a los legisladores: “En vuestra labor legislativa y parlamentaria sé que tendréis muy presente que todos, diputados y senadores, estáis unidos en la obligación de contribuir con decisión y eficacia a la superación de esta crisis y de sus negativos efectos para los ciudadanos, que os demandan una actuación responsable, solidaria y efectiva (…) Afecta también a vuestras responsabilidades contribuir a reforzar la confianza en las instituciones.”
A la luz de lo que este fin de semana hemos conocido, podemos concluir que el Rey Juan Carlos no tomó muy en cuenta los sabios consejos que él mismo daba. No basta con subrayar la obviedad de que el safari en Botsuana era de carácter privado –¿acaso podía ser de índole oficial?–, pues la grave situación económica que padecen sus súbditos debiera haberle llevado a rehuir cualquier signo de opulencia. Por razones éticas, el viaje era un grave error incluso si jamás hubiera trascendido a la luz pública. Y se equivocarán quienes lo justifiquen con el argumento de que la expedición no costó un euro al erario porque corrió a cargo de los empresarios que le acompañaban. Los favores, al final, se pagan.
Tal cúmulo de equivocaciones ha desatado una tormenta política singular: los reproches ya no proceden solo de la izquierda republicana y minoritaria, diestra en estas lides; en las filas socialistas apenas se oculta el malestar, y otro tanto sucede en las conservadoras.El socialista Tomás Gómez exhorta al Monarca a “elegir entre sus responsabilidades y la abdicación”. El lehendakari Patxi López declara que “estaría bien” que el Rey pidiese disculpas a los españoles. Y el líder del PSOE, Alfredo Pérez Rubalcaba, pone sordina a su disgusto, pero afirma “comprender” a quienes critican este desliz real. Y hasta José Antonio Zarzalejos , exdirector del muy monárquico Abc, se suma al coro mediante un artículo titulado Historia de cómo la Corona ha caído en barrena, en el que desvela algunas intimidades de la vida privada del Rey y consigna, citando fuentes del palacio de la Zarzuela, que este “ha de elegir entre las obligaciones y servidumbre de la Jefatura del Estado y una abdicación que le permita disfrutar de una vida diferente”.
No faltan quienes, aprovechando que al Jefe de Estado le ha salido el tiro por la culata con su safari en Botsuana, pretenden resucitar el eterno dilema Monarquía versus República. Es disparar pólvora en salvas: dinamitar la institución monárquica, consagrada en la Constitución, es caza mayor. Pero, una vez rotos los tabús, sí sería lógico que Su Majestad reflexionase sobre el futuro inmediato, que se preguntase hasta qué momento debe conservar la titularidad de la Corona y cuándo debe traspasársela a su Sucesor, el príncipe Felipe, por el bien del conjunto del país y, por qué no, para garantizar la pervivencia de la dinastía borbónica. Más que un paso atrás, quizá debiera entenderlo como un postrero servicio a los españoles. Pero es solo una reflexión.








