A estas alturas, nada parece que vaya a detener el choque de trenes que se augura tras la manifestación del pasado Onze de Setembre. La presencia de centenares de miles de catalanes clamando consignas y exhibiendo enseñas inequÃvocamente independentistas da poco margen de maniobra a un Artur Mas que se subió a la ola y la impulsó, y que posiblemente ahora le gustarÃa saber cómo encauzarla por otros derroteros que no fueran los de la colisión. En la otra orilla tampoco parece haber nadie con alguna idea original en momentos en que serìa de agradecer cierta capacidad de innovación. Prisioneros de sus inercias, ni populares ni socialistas se han mostrado capaces de moverse un solo milÃmetro de su patriótica apelación a la Constitución del 78. Rajoy mantiene la firmeza que le reclama vociferante la derecha ultramontana y más tranquilamente una mayorÃa silenciosa, y Rubalcaba ni siquiera ha podido ofrecerle al PSC el magro salvavidas del federalismo.
Llegamos hoy a la cita Rajoy-Mas sin que ninguno de los dos protagonistas se haya movido un ápice. El presidente del Gobierno ha roto su silencio en el Congreso para soltar una letanÃa previsible, y Mas, con unas palabras siempre muy medidas, nos ha mandado el mensaje de que, pese a apelar dÃa sà dÃa también al moderado Prat de la Riba, sigue subido en la cresta de esa ola que tarde o temprano romperá contra el malecón.
¿No hay otra salida? ¿España y Catalunya están abocadas al choque de trenes? ¿Hemos exprimido todas las posibilidades de diálogo? ¿Moverte de tus posiciones para buscar un terreno común tiene que ser interpretardo como una derrota? ¿Quien primero se mueve, se rinde?
La época de la transición no tiene últimamente buena prensa. Unos y otros achacan a los pactos de entonces los males de ahora. Se dirá que fue una chapuza lo que nos ha permitido vivir los 30 años de mayor prosperidad de la historia de España y de Catalunya hasta que la irresponsabilidad de bastantes, de aquà y de allá, nos ha metido en el pozo sin fondo de la crisis. Podemos quedarnos tan anchos poniendo a parir el consenso alcanzado en la transición. Es gratis pensar que en aquellas condiciones, con el dictador muerto en la cama, otros habrÃan llegado mucho más lejos, pero basta echar un vistazo a las hemerotecas para comprobar que en esos años hubo el entusiasmo que hubo, no más. Nunca hubo un millón de catalanes en la Diada del 77. En cambio, sà hubo mucha responsabilidad, imaginación y capacidad de cesión. Lo que antes solÃa llamarse ‘sentido de Estado’.
Pero ese no ha sido el único momento en la historia reciente de España y de Catalunya donde algunos tuvieron la visión suficiente para enderezar lo que se torcÃa. Convencer a las Cortes republicanas de que habÃa que aprobar un Estatuto de autonomÃa para Catalunya tampoco fue tarea fácil. Al fin y al cabo, el compromiso español venÃa del Pacto de San Sebastián firmado en agosto de 1930, con la monarquÃa de Alfonso XIII aún vigente, entre un puñado de republicanos españoles que representaban a pequeños colectivos ilegales y una testimonial representación catalanista –Carrasco i Formiguera y Jaume Aiguader–, que comprometió la suerte de Catalunya a la del triunfo de la República.
Dos años después, en mayo de 1932, cuando el Estatut se debatÃa en las Cortes, con la clara oposición de la derecha no republicana, la reticencia de muchos republicanos conservadores (Maura y Lerroux) y la prevención de buena parte del PSOE, Manuel Azaña, presidente del Gobierno y lider de la mÃnuscula Izquierda Republicana, cogió el toro por los cuernos.
A las siete de la tarde del 27 de mayo pidió la palabra y no la dejó hasta las 10 de la noche. Sin papeles, a pelo; como ahora, vamos. La defensa del Estatut hecha por Azaña es de esas piezas que hacen Historia (con mayúscula). Valgan algunas de las reflexiones que hizo ese dÃa Azaña en el pleno de las Cortes como ejemplo de que es posible encontrar soluciones si hay voluntad polÃtica y altura intelectual. Situémonos en 1932, escuchemos sus palabras e imaginemos qué polÃtico actual sentado en un escaño de la carrera de San Jerónimo podrÃa encarar asà la cuestión:
–”Gran parte de la protesta contra el Estatuto se ha hecho en nombre del patriotismo (…) pero ningún problema polÃtico tiene escrita su solución en el código del patriotismo. (…) Nadie tiene derecho a monopolizar el patriotismo (…) a decir en una polémica que su solución es la más patriótica, porque se necesita que, además, sea acertada”.
–”Hay grandes silencios en la historia de Catalunya (…) pero a nosotros, señores diputados, nos ha tocado gobernar en una época en la que Catalunya no está en silencio, sino descontenta, impaciente y discorde” (…) Se me dirá que el problema (del encaje de Catalunya en España) es difÃcil. ¡Ah! Yo no sé si es difÃcil o fácil; eso no lo sé, pero nuestro deber es resolverlo, sea fácil o difÃcil”
–”La solución que encontremos ¿Va a ser para siempre? Pues, ¡quien lo sabe! Siempre, es una palabra que no tiene valor en la historia y, por consiguiente, que no tiene valor en la polÃtica”.
–”La polÃtica española frente al catalanismo consistió en negar su existencia (…) decir que eran cuatro gatos. (…) El error más profundo y dañoso en que se incurrió con esa polÃtica fue considerar el catalanismo y el problema catalán como una infección (…) Se hacÃa esto en vez de elevar el problema catalán a la categorÃa de principal y primordial en la organización del Estado español”
–”El último Estado peninsular procedente de la antigua monarquÃa católica que sucumbió al peso de la Corona despótica y absolutista fue Catalunya; y el defensor de las libertades catalanas pudo decir, con razón, que era el último defensor de las libertades españolas”
–”Los Reyes Católicos no han hecho la unidad española (…) Y yo pregunto: ¿el siglo XVI y XVII, son grandes siglos españoles? ¿Éramos un pueblo importante, una monarquÃa fuerte? ¿SÃ? Pues no hay en el Estatuto de Catalunya tanto como tenÃan de fuero las regiones españolas sometidas a aquella monarquÃa.
–”Las regiones que accedan a la autonomÃa no son el extranjero (…) La Generalitat no es un organismo rival, ni defensivo ni agresivo”.
–”Nosotros no queremos seguir siendo los guardianes de una ascua mortecina arropada en las cenizas de este hogar español desertado por la historia. (…) Lo que importa es el porvenir, lo que importa es navegar. (…) Sacad pecho al porvenir y revestÃos de arrojo para ensayar…”
Asà concluÃa su discurso Azaña en aquel pleno de las Cortes. Arrojo para ensayar. ¿Hay hoy alguien con arrojo para ensayar? ¿Hay alguien ahÃ?









