Calle Villarroel

Es conmovedor el repentino interés por la historia del que hace gala la derecha española en las últimas semanas. De Cospedal apela a los 500 años de vida en común –Aguirre los eleva hasta los  3.000–, Fernández Díaz pontifica sobre la guerra de Sucesión, Margallo sobre las diferencias “abismales” entre Catalunya y Escocia, Aznar llama desde Miami a recuperar “la historia de verdad” y Wert se apresta a catequizar en esta dirección a los alumnos catalanes.

Bienvenido sea, de entrada, tan súbito amor por la historia. Tal vez así, sin necesidad de llegar a los Reyes Católicos, podamos echar un primer vistazo a nuestro pasado más reciente que permita a la derecha española reflexionar sobre la guerra civil y la dictadura. Y, de paso, podamos abordar de una vez por todas un programa de apertura de las fosas comunes que jalonan España, en las que permanecen sepultados miles de perdedores de la última guerra, cuya recuperación se le ha antojado siempre a esa derecha un acto revanchista de quienes no acatan el pacto de silencio de la Transición.

Desde que en 1978 votamos la Constitución, parecía que nos habíamos transformado en un país sin historia, sin memoria. Toda vista atrás era considerada romántica y pasada de moda. Por fin España nos había hecho iguales como ciudadanos y el ‘café para todos’ había puesto al mismo nivel competencial y simbólico comunidades con mil años de historia (con perdón) y otras que tenían que convocar un concurso de ideas para dotarse de bandera.

La Constitución de 1978 emuló el fallido intento de la de 1812.  De haber salido adelante, la Constitución de Cádiz estaba llamada a alumbrar una España moderna, liberal y uniforme, que habría dejado atrás definitivamente y por las buenas cualquier vestigio confederal que Felipe V se había esmerado en liquidar por las malas un siglo antes. Al final no pudo ser, España volvió a las andadas absolutistas y caciquiles durante casi todo el siglo XIX y llegó hecha unos zorros al breve experimento democrático de la República.

De aquellos polvos, estos lodos. Con el paso de los años, el espiritu de 1978 no ha demostrado suficiente fuerza como para construir un relato histórico consensuado en la sociedad española. Ni sobre el pasado reciente –recordemos el bodrio de la monumental enciclopedia patrocinada por la Academia de la Historia a costa del erario, en el que Franco aparece definido con el suave calificativo de líder “autoritario”– ni sobre la larga historia en común que ensalzan Cospedal, Aguirre y compañía.

A saber lo que se enseña del programa de historia en las aulas de aquí y de allá, pero seguro que hoy es imposible encontrar un relato común, con sus luces y sus sombras, sus héroes y sus villanos sobre la Reconquista, la primera confederación ‘española’ (Isabel y Fernando, siempre más Isabel que Fernando en la versión de Wert), la conquista de América, el Imperio, la Guerra dels Segadors de 1640 –aquella que Peces Barba resumió así: ”teníamos que elegir si nos quedábamos con Catalunya o con Portugal”–, y ya no digamos sobre los hechos de 1714.

Albert Sánchez Piñol, que acaba de publicar su novela ‘Victus’ sobre la guerra de Sucesión y la caída de Barcelona, afirmaba la pasada semana en la entrevista a EL PERIÓDICO que “más allá del mito, la gente no sabe nada”. Se refería a ese episodio épico en la iconógrafia catalana que, según deduce Wert, se explica machaconamente en las aulas catalanas, convertidas en fábrica de independentistas. “Preguntas por Villarroel y te dirán que es una calle que baja”, sentenciaba el escritor a modo de réplica. Aludía el autor de ‘Victus’ al general castellano Antonio de Villarroel, jefe militar de la  defensa de la Barcelona de 1714, eclipsado por la figura del abogado Rafael Casanova –en todas partes cuecen habas, y para mitos, mejor los autóctonos–, convertido en ‘conseller en cap’ que, pese a resultar herido en el asedio, murió años más tarde tranquilamente, después de haber continuado con su actividad profesional en la Barcelona felipista.

Tras iniciar la guerra al servicio de los borbones, Villarroel cambió de bando para asumir la causa austriacista y acabó dirigiendo la numantina defensa de la ciudad, abandonada a su suerte por los Aliados. Con menos fortuna que Casanova, el militar castellano acabó sus días en 1726, poco después de ser liberado en pésimas condiciones de la cárcel felipista. Pocos le recuerdan hoy, pero alguien tuvo el detalle de incluir su nombre en el callejero del Eixample barcelonés junto a prohombres catalanes más o menos conocidos como Aribau, Balmes, Roger de Llúria, Casanova, Enric Granados…

Villarroel fue un general más destacado que muchos de los que figuran en el santoral de la España oficial. Con una notable hoja de servicios anterior, resistió 14 meses con fuerzas no profesionales e infinitamente menores el asedio de los Ejercitos borbónicos de España y Francia. Pese a ello, nunca ha sido digno de reconocimiento. Ahí tenemos Madrid como prueba. Con más de 8.000 nombres en su callejero repleto de generales, la capital de España no ha encontrado en estos 300 años ni un miserable rincón para recordar a Villarroel, uno de lo suyos, uno de los nuestros, nexo entre dos visiones de la historia. El problema no es que fuera derrotado, el problema es que luchó en el bando equivocado. Su paso por la historia, como el de tantos otros, no entra en el guión de la España oficial, donde cabe la defensa del Alcázar de Toledo por el franquista Moscardó pero no la de la ciudad de Barcelona por el austriacista Villarroel. ¿Verdad señor Wert?