Roosevelt sí lo logró

Dentro de poco más de un mes se cumplirá el quinto aniversario de lo que podríamos llamar el inicio oficial de la crisis. Como es obvio, las crisis no tienen fecha inaugural porque se cuecen a fuego lento, desde mucho antes de que sus síntomas sean evidentes. Si el 9 de agosto del 2007, la caída a plomo de la bolsa por la quiebra de tres fondos de inversión marcó ese día simbólico, lo cierto es que la enfermedad empezó a incubarse a finales del siglo XX y se desarrolló a principios del XXI de la mano de los bajos tipos de interés, la desregulación financiera y la avaricia especulativa. Hubo quienes (pocos) entre el 2003 y el 2006 alertaron del peligro desde destacadas cátedras, selectos púlpitos y solventes despachos, hasta el extremo que hoy podemos asegurar que, frente al extendido aserto de que ‘nadie previó’ la crisis, lo que realmente ocurrió es que ‘nadie quiso escuchar’ que el desastre se avecinaba, y se hizo bueno aquello de que es más cómodo equivocarse con la mayoría que acertar en solitario.

Visto lo que ha ido pasando en estos cinco años y los precendetes históricos, es bueno que empecemos a pensar algunas cosas que nos tienen que ayudar en esta travesía. La primera es tomar conciencia de que esto no se va a acabar en dos días porque una cumbre europea o del G-8 salga mejor o peor. A quienes nos gobiernan aquí y en Europa hay que pedirles claridad en sus propuestas, que eviten la tentación de los atajos que esquiven la democracia, y que sean conscientes de que todo aquello que hoy echemos por la borda para aligerar peso, después será muy difícil de recuperar. Y por último, que tan importante es salir de ésta, como tener claro de qué manera saldremos, es decir, cómo será el mundo en el que aterricemos allá por el 2018-2020. No todo debería valer.

Hace ahora 80 años, el 2 de julio de 1932, Franklin Delano Roosevelt pronunciaba su discurso como candidato a la presidencia de EEUU durante la convención del Partido Demócrata en Chicago. El país seguía inmerso en una tremenda recesión tras el ‘crack’ del 29, que había arrastrado a millones de personas al hambre y la ruina en todo el mundo. Roosevelt convocó en su discurso a una sociedad deprimida, que no veia la salida, a sumarse a un nuevo acuerdo, un ‘new deal’, en una expresión que hizo fortuna y que se convirtió en ‘leitmotiv’ de la nueva política de reconstrucción nacional. Roosevelt ganó aquellas elecciones  y, contra viento y marea, logró poner en marcha lo que sería considerado como el fundamento del Estado del bienestar, del que se beneficiaría EEUU al salir de la Segunda Guerra Mundial. De esos difíciles años 30 son fruto avances tan importantes como la garantizar los depósitos bancarios de los ciudadanos;  la intervanción estatal para reactivar la producción agrícola; la Warner Act, que garantizaba la libertad sindical e impulsaba la negociación colectiva; la creación de servicios de jubilación y de desempleo, la puesta en marcha de agencias de inversión pública, y de forma significativa, la ley Glass-Steagall, que separó en compartimentos estancos la banca comercial y la financiera, para proteger los ahorros y controlar la especulación bursatil, origen del ‘crack’ del 29.

Todo el andamiaje roosveltiano, del que Europa también se benefició, aguantó hasta finales de los años 70 del siglo pasado, cuando las crisis del petróleo (1973 y 1978) recortaron los beneficios empresariales y enturbiaron el pacto social. La revolución conservadora de Thatcher y Reagan se aplicó a desmontar todo lo construido y a dotar a la nueva política de sus bases ideológicas. Fueron los tiempos en que nos empezaron a inculcar que el Estado, cuanto más reducido era mejor, y que el mercado, cuanto menos regulado era excelente. Valga como paradoja, para no echar toda la culpa a los más conservadores, que el hoy pacifista Carter fue quien al final de su mandato, en 1980, empezó a desanudar los controles de la Glass-Steagall, y que la ley fue liquidada en 1999, bajo el mandato de otro demócrata, Bill Clinton.

Sacrificados los mecanismos de control en el altar de la libertad de mercado,  unidas de nuevo las bancas comercial y de finanzas, se crearon o consolidaron los gigantes financieron cuyos nombres se han hecho tristemente famosos en todo el mundo en estos cinco años. Buena parte de lo construido desde la gran depresión para tratar de evitar una tragedia similar se ha hundido. Algunos de los que el terremoto pilló en el puente de mando, lo vieron claro en un primer momento. Sarkozy, en un arrebato de lucidez decía en su célebre discurso de Toulon, en septiembre del 2008, que hacía falta “refundar el capitalimo”,  controlar la banca y la especulación financiera. Duró poco en su entusiasmo. Ni siquiera Obama, que tantas expectativas despertó, ha logrado embridar a Wall Street y hoy se le ve más preocupado por disputarle al ultra Romney las donaciones millonarias para la campaña electoral. Y ya vemos como Cameron se resiste como gato panza arriba a cualquier tímida inciativa impositiva de la UE que pueda afectar a la poderosa City londinense.

En definitiva, no parece que quienes llevan el timón estén hoy muy predispuestos a cambiar el guión ni a extraer consecuencias de lo ocurrido. Cada día parece más claro que para salir de esta, quienes nos metieron aquí nos quieren dejar una sociedad con reglas del juego irreconocibles. Es cierto que, a diferencia de los años 20-30, no hay certidumbres alternativas al capitalismo, pero no está escrito en ningún sitio que las reglas de la economía de mercado tengan que ser las ‘no reglas’ que nos han ido colando en los últimos 30 años. Tomándole la palabra a Sarkozy, podemos decir que la refundación es necesaria y también posible. Roosevelt se puso manos a la obra hace 80 años, en lo más negro de la crisis, cuando el pesimismo se expandía por todo el mundo, y se salió con la suya. Sin haberlo conocido, el presidente de EEUU aplicó aquella máxima acuñada una década antes por el genial Antonio Gramsci,  muerto en 1937 en las cárceles de Mussolini: “El pesimismo es cosa de la inteligencia, el optimismo, de la voluntad”