Los impactos emotivos se han adueñado del eterno contencioso palestino-israelà a la misma velocidad que se aleja la remota posibilidad de que se concrete la solución de los dos estados. El primer acto fue el discuso de Mahmud Abbás ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, seguido de la tramitación ante el Consejo de Seguridad del reconocimiento de Palestina como miembro de pleno derecho de la organización, lo que es tanto como decir el recocimiento de Palestina como Estado independiente. Siguió el acuerdo de Israel con Hamas para lograr la liberación del soldado Gilat Shalid a cambio de la excarcelación de un millar de palestinos encerrados en cárceles israelÃs, un episodio tan emotivo como el anterior y más tangible para las poblaciones de Gaza y Cisjordania. Finalmente, la Unesco reconoció a Palestina, un logró quizá menor, pero que, puestos a recurrir a la emotividad, servirá para contrarrestar razonablemente la frustración que seguirá al veto de Estados Unidos en el Consejo de Seguridad y que impedirá la declaración de Palestina como Estado el próximo dÃa 11.
Para Israel, el recurso a la emotividad rinde sustanciosos réditos: obliga a Estados Unidos a manifestarse sin ambages como el gran valedor del statu quo, margina a la Autoridad Nacional Palestina en favor de Hamás, cuya disposición a negociar la alternativa de los dos estados es aparentemente nula, y permite al Gobierno de Benyamin Netanyahu anunciar la construcción de nuevos asentamientos en Cisjordania para responder a la afrenta de la Unesco, aunque lo cierto es que ningún Gobierno israelà ha necesitado nunca demasiados pretextos para exportar colonos. Todo bastante rentable para la estrategia israelà y bastante ruinoso para Abbás y su entorno.
Para decirlo en palabras de un intelectual palestino, cuanta más emotividad, menos polÃtica; cuantos más éxitos momentáneos de Hamas, menos éxitos a largo plazo de la Autoridad Palestina; cuanta más proyección exterior de palestina en los foros internacionales, más puertas cerradas en Estados Unidos y en Israel. En última instancia, cuantos más asentamientos en Cisjordania, más debilidad de los dirigentes palestinos ante su propia opinión pública. O, lo que es lo mismo, cuanta mayor sea la emotividad, más lejos quedará la salida del laberinto.










