La pregunta de Rubalcaba

Antes de las elecciones, la pregunta ya era pertinente, pero después del 20-N lo es mucho más: ¿por qué un político tan inteligente, brillante y eficaz como Alfredo Pérez Rubalcaba, que siempre había sido como máximo número dos, se presta a convertirse en número uno para encajar una derrota tan humillante? ¿No hubiera sido más coherente que José Luis Rodríguez Zapatero, que inició su inmolación política en mayo del 2010, con el tijeretazo, hubiera culminado su sacrificio encabezando la lista del PSOE en las elecciones para terminar su carrera política con una derrota y dejar así el campo libre a sus sucesores?

Una respuesta puede ser que con Zapatero como cabeza de cartel el descalabro hubiese sido aún mayor y que del PSOE no hubieran quedado ni las migajas que ahora han sido esparcidas por todo el territorio. Otra respuesta, quizá la del propio Rubalcaba, es que el candidato confiaba en que el relevo al frente del PSOE y su labor pedagógica en la precampaña y la campaña consiguieran impedir la mayoría absoluta del PP.

La primera explicación  es, sin embargo, más creíble que la segunda. No es concebible que Rubalcaba creyera en serio en la posibilidad de desbaratar la mayoría absoluta. Una mayoría absoluta que no solo anunciaban las encuestas desde hace semanas, sino que era el resultado más lógico por dos razones: el brutal desgaste del Gobierno y su errática gestión de la crisis económica y la decantación del electorado en momentos críticos hacia un Ejecutivo fuerte para que intente, con gran legitimidad democrática, recomponer los destrozos que han causado o, mejor, a los que han contribuido los gobernantes salientes.

El problema  es que con la retirada anticipada de Zapatero, la inmolación de Rubalcaba y la magnitud de la derrota, el eventual sucesor puede quedar fuera de la carrera y a lo máximo que puede aspirar es a intervenir en las negociaciones internas para designar al futuro secretario general del PSOE y candidato en las elecciones de dentro de cuatro años. Además, el revolcón de Carme Chacón en Catalunya, desbordada por una CiU que no ha pagado los recortes sociales, dificulta sobremanera sus aspiraciones a ser la sucesora del sucesor.

La conclusión es que la espantada de Zapatero solo ha servido para dejar al PSOE en su suelo electoral y, además, para que los dos candidatos que podían haber concurrido a unas primarias finalmente abortadas hayan perdido gran parte de sus opciones. Es decir, los socialistas están ahora mismo sin poder, sin estrategia, sin programa y sin candidatos.