Mariano Rajoy celebrará (es un decir) este jueves su jornada número 100 como presidente del Gobierno. En la Moncloa, en principio, no hay ningún festejo previsto. Quizá sea porque ese dÃa el equipo de Rajoy estará más pendiente de si la huelga general convocada por los sindicatos paraliza o no el paÃs. O tal vez porque, tras el severo correctivo sufrido ayer en las urnas, en el PP no tienen el cuerpo para muchas fiestas.
Aunque a la bronceada de tez de Javier Arenas se le esté poniendo cara de cabeza de turco, las causas del fracaso del PP en AndalucÃa habrÃa que repartirlas al 50% con el Ejecutivo de Rajoy. Tras 32 años en el poder, las costuras del socialismo andaluz se estaban desgarrando por los casos de corrupción, el hundimiento global del PSOE y la apuesta fallida de José Antonio Griñán en el 38º congreso federal de Sevilla. Y, aún asÃ, en su cuarta tentativa Arenas no ha logrado más que alzarse con una pÃrrica victoria –insuficiente para gobernar AndalucÃa– que se traduce en la pérdida de 420.000 votos respecto a las elecciones generales del pasado 20 de noviembre. Como candidato, Arenas está sobradamente amortizado, pero el plomo que esta vez llevaba en las alas se forjó en los altos hornos de la Moncloa.
A Rajoy se le ha acabado el periodo de gracia sin haber llegado a disfrutarlo. Quizá hiciera lo que debÃa (o lo que podÃa) cuando, recién llegado a su nuevo despacho, decretó la fuerte subida del IRPF de la que habÃa abominado en campaña, pero faltar a la palabra dada acaba pasando factura. Los sÃntomas de descoordinación e improvisación detectados en el Ejecutivo en la lucha contra la crisis transmiten al electorado el mensaje de que, contra lo proclamado durante años por el PP, el desgobierno no es patrimonio de los socialistas.
El astuto asesor que aconsejó al presidente que pospusiese la presentación de los presupuestos hasta después del 25-M deberÃa engrosar pronto las listas del paro. Lejos de mitigar los costes electorales para el PP de los recortes en ciernes, los ha acentuado, pues el aplazamiento dejó entrever a los votantes que Rajoy ocultaba por interés electoral una agenda económica socialmente regresiva. Aún más de lo que delatan las medidas hasta ahora adoptadas.
Esta y otras argucias del nuevo Gobierno, por lo demás, han disparado las alarmas en Bruselas, que ha puesto a la economÃa española bajo observación y con pronóstico reservado. Si Rajoy pensó que bastaba con aprobar la reforma laboral (y asà provocar una huelga general) para aplacar a las autoridades comunitarias y a los mercados, es obvio que se equivocaba. Los paros generales registrados en Grecia tampoco confundieron a sus creditores.
¿La Covadonga andaluza?
No lo tiene fácil, pues, el PP, pero tampoco el PSOE debiera lanzar las campanas al vuelo. Pese a sus difÃciles relaciones con Griñán, para Alfredo Pérez Rubalcaba conservar el feudo andaluz constituye sin duda un alivio, pero la forzosa alianza con IU convertirá la Junta andaluza en el laboratorio de pruebas de unas polÃticas económicas que difÃcilmente podrán contar con el beneplácito de Ferraz.
Presumiblemente perdido (pese a la victoria en las urnas) el Principado de Asturias, el socialismo español puede tener la tentación de exhibir AndalucÃa como una nueva Covandonga de izquierdas desde la que iniciar la Reconquista. Si asà procede, veremos cuántos siglos le ocupa la tarea. Más le valdrÃa modernizar su discurso en toda España (también el territorial) y construir una alternativa socialdemocráta consistente a la derecha en el poder. Nuestros vecinos franceses ya lo están haciendo.








