Y llegó la niña de Rubalcaba

Tenía que pasar, y pasó. Fue ayer en Córdoba. Concretamente en el Pabellón Deportivo Fátima, donde por fin vimos a el aspirante del PSOE en las generales, Alfredo Pérez Rubalcaba, haciendo uno de esos gestos que todo candidato presidencial (o a lo que sea) no puede dejar de mostrarnos. Besó. ¿Pero a
quién? Ahora se lo digo.

Pasó cuando Rubalcaba avanzaba raudo por el estrecho pasillo abierto entre las sillas de la improvisada platea. Éste es un momento que a él le cuesta. Poco abrazo, mucho dar la mano. Gran diferencia con aquél Felipe González, e incluso con José Luis Rodríguez Zapatero, que en campaña se dejaban manosear cuanto hiciera falta. Más parecido, en cambio, a Joaquín Almunia (ya lo siento).

Rubalcaba es más bien frío. Contenido, serio, dice su equipo. El típico político que lo puede y lo domina todo en ministerios i parlamentos, pero que entre la gente se siente como indefenso. Pero estamos en campaña electoral oficial, y ya lo decía Nicolás Maquiavelo: “Corresponde a todos ver, pero a pocos advertir. Todos ven lo que pareces, pocos advierten lo que eres”. ¿Y que hemos de ver que parece el candidato en campaña? Próximo, cálido, cercano. Ni que sea durante los quince días finales de carrera hacia las urnas.

Es por eso que todo candidato tiene que cumplir con una serie de rituales de campaña, como la visita a los mercados o el paseo por las ramblas en fin de semana. A Rubalcaba se lo han ahorrado bastante, por si la incomodidad fuera demasiado difícil de disimular, pero ayer hizo el gesto. A cubierto, pero lo hizo. Besó a una niña. Fue un instante fugaz, pero pasó. La niña estaba estratégicamente dispuesta y su padre la acercó al candidato, que la besó en la frente. Las cámaras lo captaron eficientemente. Y es que en campaña, el beso del candidato a los niños no puede faltar. Nada humaniza más ni hace más entrañable, hasta al más desaborido.